Qué tanto habrá pasado por la cabeza de Heung-min Son justo antes de controlar el balón dentro del área japonesa. En esos segundos en los que el balón se acercó en pase raso hasta llegar a su botín izquierdo, seguro que lo abordó la posibilidad de verse alejado de las canchas obligado por el servicio militar que impone su país. Mientras controló para ajustarse a su perfil diestro, quizá sintió la carga física del esfuerzo de cada carrera y cada acometida de los noventa minutos previos. Y entonces bastó un pique en corto, apenas dos pasos en los que, en un último esfuerzo, en siempre dar un intento más, enganchó en dirección al marco y cuando estaba por patear, el balón se le hizo largo. Pero tranquilo que estaba Seung-Woo Lee siguiendo la jugada, demostrando así que era toda Corea la que se esforzaba hasta el último momento. Un zurdazo que se encajó violento en la portería nipona y Corea estaba cerca de la medalla dorada. Heung-min Son evitaba el servicio militar.

Cuando el cuerpo se queda sin fuerza, domina la táctica. Y para que esta dé resultado se necesitan jugadores como los de Corea, dispuestos a guardar concentración permanente. Falta cerca del córner y la bota derecha de Son colgó un exacto balón al segundo poste, entre el manchón penal y el área pequeña. Hee-Chan Hwang, el nueve hacía un gol de nueve antaño. De esos que se elevan en el aire y rematan con fortaleza sobre el defensa y la cuelan a contrapié del arquero. La Corea inagotable era de oro y con esto Heung-min Son cosechaba el resultado de su más grande esfuerzo, continuar su brillante carrera en los Spurs.

Cambia el juego, mejora el mundo.

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